Palizón de 26 km y 1600 metros de desnivel desde el Valle del Río Guadalfeo hasta Los Pelaos; cima de la inmensa mole caliza de la Sierra de Lújar e increíble mirador a la cara sur de Sierra Nevada y a la Costa Tropical.
· sierra de lújar (granada)
· MAYO 2012 (ARCHIVO)
· 26,48 KM
· DESNIVEL: 1573 d+ / 1573 d-
· TRACK (SIN GPS)
· MAYO 2012 (ARCHIVO)
· 26,48 KM
· DESNIVEL: 1573 d+ / 1573 d-
· TRACK (SIN GPS)
No tenía muy claro si debía publicar esta reseña. El principal motivo por el que dudaba es que es una crónica de casi todo lo que no se debe hacer cuando vas a la montaña: afrontar actividades por encima de tu experiencia y capacidades físicas, no documentarse de forma suficiente, ir mal equipado, llevar poca comida o agua, y administrarla mal. Excepto en lo de no ir en solitario y mirar la previsión meteorológica, incumplimos casi todas las recomendaciones. Hoy, en mis salidas a la montaña —muchos años después—, cuido de forma escrupulosa todos esos detalles, excepto lo de no salir en solitario, algo que de vez en cuando me salto por puro placer
Dos son los motivos por los que me he decidido a publicarla, pese a que la reseña no nos vaya a dejar en muy buen lugar durante aquel dia. El primero, porque es uno de los pateos más duros, solitarios e interesantes que se pueden hacer en nuestras Sierras Béticas. Y el segundo, porque la considero una de 'mis montañas' y no entiendo como puede estar tan infravalorada.
Y es que tres grandes sierras formaron mi paisaje personal desde que abrí los ojos al mundo. La Almijara, con su silueta afilada; las altas cumbres nevadas de la cara sur de Sierra Nevada; y el tremendo murallón de la de Lújar, que se alza como una fortaleza inexpugnable separando la costa de La Alpujarra. Esta última, la más cercana y rotunda, ejercía sobre mi un magnetismo especial. Sabía, con certeza absoluta, que algún día llegaría el momento de poner mis pies sobre su lomo de piedra.
Durante un tiempo soñé con conquistarla a golpe de pedal en mi bicicleta, en la legendaria ascensión que desde Órgiva sube a Puerto Camacho, y luego sigue por la vieja carretera que se cae a trozos hasta las antenas de la cima. Era (y es) uno de los mayores retos en la península para los amantes del ciclismo. Durante un tiempo, un par de frikis dimos la brasa con emails dirigidos a Unipublic —empresa organizadora de la Vuelta a España— para que consideraran el puerto como un posible final de etapa, aunque nunca recibimos respuesta alguna.
Retrocedemos a la primavera de 2012. Han pasado casi catorce años y, pese a mi buena memoria fotográfica, no recuerdo la chispa exacta que prendió el proyecto de subir a pie. Quizás fueron las experiencias de mis primeros pateos por el Cabo de Gata o alguna fanfarronada tras una cerveza/copa de más en un pub; quién sabe. A partir de aquí relato en tiempo presente lo que aconteció aquella jornada, de un sábado de mayo de ese año.
Aun no son las 8:00 h. de la mañana y ya hemos dejado el vehículo de mi compañero en la pequeña explanada que se utiliza como aparcamiento, situada al pie de la sierra.
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| Carril de subida a las minas |
Venimos los dos mismos cansinos que se empeñaron, sin éxito, en que esta sierra casi olvidada fuera visitada por la Vuelta a España. Ningún otro amiguete — con buen criterio — se ha apuntado a semejante despropósito.
Durante los primeros pasos nos sorprenden la enorme cantidad de montesas que se mueven por los paredones que tenemos a ambos lados. La ancha pista que vamos siguiendo, que es la que usan los camiones que suben y bajan de las minas, no tarda en ponerse muy cuesta arriba. Demasiado.
— Madre mía, y esto solo es el principio. ¿Será así todo el rato?. — Me voy preguntando a mi mismo.
Le propongo a mi amigo reducir un poco el ritmo si no queremos reventar nada más empezar.
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| Por encima del cruce |
Dejamos atrás el Cortijo del Royo y llegamos a un cruce que, tras consultar el único mapa impreso que traemos (pasarían años para hacerme con un gps), tomamos a la derecha hacia las minas. El camino que se va hacia la izquierda es por el que queremos aparecer, horas más tarde, una vez completado el descenso.
No sé si es porque la pendiente ha aflojado un punto ó mi cuerpo ya se ha activado; el caso es que ya me voy encontrando mejor.
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| La arista que luego tomaríamos en descenso |
En los zizgzags que hace el carril antes de la Mina de Carriles, nos paramos a observar la arista por la que tenemos pensado bajar desde la cima.
— ¿Estás seguro que por ahí se puede bajar?—Pregunto.
— Eso dice uno al que he leído en un foro de internet (1) —Contesta mi amigo.
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| Asomados al Rio Guadalfeo |
Conforme vamos ganando altura sobre el valle del Rio Guadalfeo las vistas a Órgiva, Cañar, Soportújar, y al resto de la cara sur de Sierra Nevada cada vez son más impresionantes. A mi amigo se le estropea su cámara buena y queda en manos de mi vieja compacta, con más años que Matusalén, inmortalizar el resto del día.
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| Vistas a Órgiva, Cañar y Soportújar |
Poco a poco nos vamos adentrando en la zona de las minas, que continúan en producción. También vamos pasando junto a otras muchas que están cerradas. En alguna nos adentramos unos metros para echar un vistazo y recibimos una bocanada de aire frío que viene desde las entrañas de la sierra.
Hemos crecido escuchando historias de lo hueco que está el interior de esta sierra y que hay cerca de 150 kilómetros de galerías subterráneas. Algunas datan de la época de los romanos, quienes extraían sobre todo plomo, tal y como se hace en la actualidad (aunque hoy también se extrae fluorita). Según cuentan, se han encontrado candiles y otros artilugios de aquella época en su interior.
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| Boca de Mina |
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| Abajo: Explotación del Siglo II |
Seguimos ascendiendo por la pista, dejando atrás las minas de San José y el Cortijo del Pozo Colorao, cuando nos encontramos con un cortafuegos.
Según el mapa y las pocas referencias que traemos, es justo aquí donde debemos abandonar el camino para seguir subiendo por el citado cortafuegos. Basta un simple vistazo para que se nos pongan de corbata al ver la pendiente que nos espera.
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| El cortafuegos |
El primer tramo se hace más o menos llevadero, pero luego el asunto se pone demasiado para arriba y sufrimos lo indecible.
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| Mi compañero encabezando el grupo |
Cuando empieza a rondarnos la idea de mandar todo a tomar por el culo y abandonar, nos percatamos de que justo detrás viene subiendo un hombre vestido de arriba abajo con el típico mono azul de mecánico de taller
Viene mucho más rápido que nosotros, que ya vamos con el Tío del mazo, y no tarda nada en alcanzarnos. Sin detenerse nos saluda con su vara, nos quita las pegatinas en la pasada que nos da, y flipamos al ver que no tendrá menos de 70 años. Y encima el cabrón va zampándose una naranja, como si estuviera merendando en su casa, mientras nosotros no paramos de dar bocanadas para coger algo de aire.
—¿De donde ha salido semejante bicho?
—Si no lo veo, no lo creo.
Con el abuelo cada vez más lejos, por fin alcanzamos el final del terrible cortafuegos que tanto nos ha desmoralizado. Desde el rincón donde acaba encontramos de casualidad —gracias a las cáscaras de naranja que ha tirado al suelo el Superman del mono azul— una veredilla medio perdida que nos disponemos a seguir. También pica hacia arriba, pero ya es otra cosa. Poco a poco vamos ganando metros, pín-pan, pín-pan, hasta dar con un enorme cortado con vistas al inmenso Barranco de los Castillejos, que es el mayor de toda la sierra
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| En los Dornajos |
Asomados al filo del voladero, en este rincón llamado Los Dornajos, alucinamos con el tremendo abismo que tenemos delante. Además, estamos contentos porque al otro lado del enorme boquete ya vemos las antenas de la cima.
—Míralas tío, ya casi las podemos tocar.
—El problema es que tenemos que rodear todo el barranco, están mas lejos de lo que parece.
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| Las antenas |
Mientras miramos aquí y allá, nos hinchamos a beber y a comer para recuperar las fuerzas. Sin darnos cuenta, pecamos de novatos y caemos en el error de no calcular bien las raciones necesarias para el resto de la jornada. Luego lo pagaríamos muy caro.
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| Barranco de Los Castillejos |
Llegar hasta aquí nos ha subido la moral y, tras un pequeño tramo campo a través sin separarnos del cortado, empalmamos con un cómodo camino que va atravesando varias manchas de pinos. Por aquí notamos que la pendiente por fin nos da un descanso y nos permite aumentar el ritmo.
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| Bosque de pinos |
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| Vistas a Sierra Nevada desde el bosque |
Tras pasar justo al lado de un refugio de cazadores nos adentramos en el último bosquete, que sabemos que tenemos que rodear tras coger un cruce de caminos a la izquierda. En un punto, elegido a ojo —suponiendo la posición que tenemos mirando el mapa—, abandonamos de forma definitiva la compañía de los pinos para adentrarnos en el territorio de los cojines de monja y piornos de la zona más alta y castigada por los temporales.
Trazamos una travesía campo a través esquivando estos matorrales almohadillados y espinosos en busca de la cuerda alta de la montaña, la cual tenemos ya a la vista y se sitúa a una cota superior a 1.800 metros. Medio reventados, la alcanzamos y, por primera vez, nos asomamos a su majestuosa cara sur. Observamos con la boca abierta toda la costa granadina y parte de la almeriense.
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| Castell de Ferro muy abajo |
Continuamos ya de forma muy cómoda por la línea de cumbres en busca de las antenas, con alguna pequeña subida y bajada. La vista se nos va sobre todo hacia la derecha, donde se despeñan gigantescos barrancos hacia el pie de la sierra.
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Barranco del Aljibe y La Contraviesa
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Y por fin, muy pasado el mediodía, alcanzamos la primera de las antenas, que son enormes. Son las que hemos visto allí arriba toda la vida, desde que éramos críos. Pero me sorprende que más allá, fuera de la visión de nuestros dominios, haya muchas más.
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| Las primeras antenas |
Los pocos metros que separan las primeras antenas de las últimas los hacemos por el camino asfaltado que propusimos a los organizadores de La Vuelta, que aquí está más o menos en buen estado, pero sabemos que más abajo está reventado.
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| La última antena y Sierra Nevada |
Junto a la última torre encontramos el vértice geodésico situado a 1.878 metros (hay dos más en la cuerda, a menor altitud) y tras un tremendo palizón, nos encontramos en el punto más alto de la Sierra de Lújar.
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| Foto de grupo. Reventados, pero felices. |
Tras la foto de rigor para inmortalizar nuestra gesta, nos sentamos a reponer fuerzas, y hacemos balance de la situación.
— No te lo vas a creer, tío. Acabo de beberme la última gota de todo el agua que traía. Y sin nada de comida—Le digo.
—¿Qué dices? Pues estamos apañados, mira lo que me queda a mi.
Me enseña tres dedos de agua de una botella de 1,5 litros y una pequeña bolsa con diez ositos de gominola. Estamos jodidos sobre todo por el líquido, ya que no nos consta ni una fuente cercana. Pasan ya las 16:00h cuando constituimos un comité de emergencia para valorar las opciones disponibles.
- Opción A: La primera opción es regresar por donde hemos venido. A favor: es un camino conocido y el regreso será todo en descenso. En contra: son 18 km adicionales —36 km en total— y, con el machaque que llevamos, llegaremos ya bien entrada la noche.
- Opción B: Seguir la carretera asfaltada hasta el cruce con Puerto Camacho, la que sugerimos a La Vuelta a España. A favor: son unos 10 km, todos de bajada (calculados a ojo); desde allí se puede hacer autostop y esperar que alguien se digne a llevarnos a Órgiva. En contra: es un final de mierda.
- Opción C: Mantener el plan inicial y tirarnos en plan kamikazes por un espolón de roca que, desde la misma cima, se despeña sierra abajo por la cara norte. A favor: salen poco más de 8 km. En contra: solo tenemos como referencia el croquis de un tipo en un viejo foro de montaña, donde compartió un itinerario de ese descenso años atrás. Si algo sale mal — una caída, quedarnos enriscados, etc—nos podemos meter en un lío tremendo.
No sé muy bien por qué, tal vez víctimas de una enajenación mental transitoria por la deshidratación, terminamos eligiendo la última de las opciones.
El primer problema que tenemos que afrontar es afinar bien en busca de la entrada al espolón. Desde la carretera se ve una amplia ladera que desciende, pero sabemos que a un lado y al otro caen a plomo dos enormes barrancos: a la izquierda, el de Los Castillejos; a la derecha, el de las Cuevas de Camacho.
Para no desviarnos por error hacia los barrancos, tomamos como referencia una hilera de pinos que nos dirige de forma correcta hasta la entrada del espolón.
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| La entrada al espolón |
Nos quedamos sin palabras al contemplar las vistas que se abren desde allí. Toda Sierra Nevada y La Alpujarra para nosotros. El primer tramo lo vamos negociando bien, tratando ir lo más arriba posible de la joroba de piedra. Algunas veces rodeamos alguna roca, otras alguna encina pero, por ahora, sin problema.
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| Panorámica vertical |
Sin embargo, observo que más abajo el espolón se vuelve más rocoso y el asunto se va a complicar si ó si. No me equivoco y llegamos a un tramo en el que no tenemos ni idea de como continuar. Hacía la izquierda un abismo, a la derecha una maleza impenetrable y, escalando por arriba, ni nos lo planteamos tal y como vamos.
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| Arista de roca. Al fondo, Órgiva. |
Hacemos una parada para dar un trago —uno, literal— del agua que queda y comernos un par de ositos de goma por cabeza mientras pensamos cómo salir del marrón en el que nos encontramos. Mientras damos cuenta de semejante banquete de pronto nos fijamos en varias hileras de cagarrutas de las cabra montesas que hay en el suelo. Nos fijamos en que hay muchas en determinados rincones y apenas en otros.
—Joder. ¿Y si las seguimos y vemos por donde nos llevan?.
Dicho y hecho. Durante un rato dejamos de mirar el paisaje y ponemos todos los sentidos en no perder el rastro de las mierdas. El reguero nos tira unos metros hacia el barranco de la derecha; luego vemos que sigue sin perder altura por la misma curva de nivel, hasta dejarnos de nuevo en la parte alta del espolón. Atrás ha quedado ya el obstáculo de roca que nos había hecho perder mucho tiempo. De ésta forma aprendí una técnica que en sucesivas rutas me ha sacado de más de un problema serio.
Dicho y hecho. Durante un rato dejamos de mirar el paisaje y ponemos todos los sentidos en no perder el rastro de las mierdas. El reguero nos tira unos metros hacia el barranco de la derecha; luego vemos que sigue sin perder altura por la misma curva de nivel, hasta dejarnos de nuevo en la parte alta del espolón. Atrás ha quedado ya el obstáculo de roca que nos había hecho perder mucho tiempo. De ésta forma aprendí una técnica que en sucesivas rutas me ha sacado de más de un problema serio.
—Te lo juro por lo que más quieras. Si tuviera una delante, ahora mismo le daba un beso a una cabra montés en todos los morros.
Con la misma táctica vamos esquivando varios promontorios, unas veces por la derecha y otras por la izquierda.
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| Tremendas vistas |
Mucho más abajo veo como la arista empalma con un cortafuegos, pero aún nos queda un trecho. De pronto la roca deja paso a un terreno más descompuesto, con arena y gravilla, en el que la pendiente hacia abajo se vuelve pronunciada de más. Después de un par de costalazos aparatosos, y para evitar un estropicio mayor, optamos por la técnica del 'culo a tierra' para superar las palas más inclinadas.
Cuando vuelvo a ponerme erguido, se me empiezan a subir los isquiotibiales. A cada paso se van acalambrando más; el sol cada vez está más bajo y empiezo a temerme lo peor. Las botas, de dudosa calidad, también se me están empezando a reventar. Mi amigo no va mucho mejor, también empieza a sufrir molestias en los pies.
Hacemos una parada a descansar, en la que vuelven a caer un trago y otras dos gominolas por cabeza, quedando solo dos. Estoy haciendo la digestión cuando recibo una llamada de mis padres, a cuya casa he regresado para pasar el fin de semana, en la que me informan que han tenido que acudir al velatorio de un conocido y que nos veremos más tarde.
—Igual luego empalman con el nuestro. Si vieran donde estamos ..
Tras partirnos de risa con la surrealista situación, nos incorporamos y parece que voy algo mejor de las piernas. Unos metros más abajo encontramos un par de ramas más o menos rectas; nos serán de gran ayuda para afrontar lo que resta de espolón.
—Por esto mismo va a ser por lo que la gente llevan los bastones esos que venden en el Decathlon.
—Tiene pinta, si.
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| Parte final del espolón |
Tras un par de pasos más en los que echamos el culo a tierra, de pronto la pendiente deja de ser tan pronunciada y se puede progresar con más facilidad. En un visto y no visto enlazamos con el cortafuegos que veíamos desde arriba, y por fin respiramos tranquilos y eufóricos.
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| Mirada atrás desde el cortafuegos |
Estamos al borde de la desintegración, pero sabemos que ya no hay peligro. Solo nos quedan unos pocos kilómetros de alpargatazo hasta enlazar con el cruce de la mañana y, desde allí, hasta el final. En los últimos metros apuramos el osito y las gotas de agua que nos quedaba y por fin, a las 21:00 h —once horas después— llegamos al coche.
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(1) En esta época no estábamos familiarizados con Wikiloc. Aunque ya existía, no era tan popular como ahora e igual todavía nadie había subido un itinerario parecido. Tirando de buscador hoy, cuesta encontrar tracks más antiguos de esta actividad que el mío —se hizo en 2012, aunque la fecha de subida fue en 2015— en dicha plataforma.




























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