Recorrido de exploración por las cortijadas abandonadas del Barrancón, en la vertiente norte de la almeriense Sierra de los Filabres. Una actividad de extraordinario valor etnográfico y natural, que permite descender junto al río en busca de Los Carreños.
· sierra DE LOS FILABRES (almeria)
· OCTUBRE 2023 (ARCHIVO)
· 14,66 KM
· DESNIVEL: 376 d+ / 376 d-
· TRACK
· OCTUBRE 2023 (ARCHIVO)
· 14,66 KM
· DESNIVEL: 376 d+ / 376 d-
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Lo reconozco. Tengo una debilidad especial por la Sierra de los Filabres. Desde que me estrené en estas montañas "a lo bruto" allá por el año 2014, con una salvaje y loca ascensión a Calar Alto por el Barranco de Los Morcillas, mi afecto a esta sierra no ha parado de aumentar.
Desde mi primera incursión, me llamó la atención su ingente patrimonio etnográfico en piedra seca: cortijos, tinadas, balates, eras, hornos o sendas de lajas, entre otras construcciones. Me las he ido encontrando por casi todas sus laderas o barrancos, allí donde hubiera un manantial/arroyo cercano, un trozo bueno de tierra para cultivar un hortal ó buenos pastos para el ganado.
Su abandono y ruina contrastaban con el lento resurgir de la sierra tras
No tardé mucho en darme cuenta de que era, justo en aquellos rincones abandonados, donde se encontraban los puntos de mayor diversidad natural: encinas, serbales o diferentes frutales que seguían resistiendo pese a que, tras muchos años, nadie los cuidaba. Así lo atestiguaba la propia fauna, que se refugiaba en aquellos oasis dentro de la monotonía de las coníferas. En esta entrada paso a relatar la crónica del pateo de exploración de uno de estos lugares, el del río Barrancón hasta la cortijada de Los Carreños.
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| Cedros del Atlas y el Calar del Gallinero |
Son más de las 10:00h cuando estamos aparcando en el Collado del Conde, uno de los puntos de referencia de la sierra dada la cantidad de actividades que se pueden hacer partiendo desde ese estratégico cruce. Aunque el otoño está viniendo muy seco, por aquí arriba ya hace mucho frío a primera hora y preferimos empezar a caminar calentados por el sol.
Tras cruzar la carretera, nos internamos por la amplia pista forestal que, tras dirigirse hacia el sur, gira para recorrer buena parte de la umbrosa cara norte e ir a desembocar en la carretera asfaltada entre Bacares y Velefique.
A nosotros hoy solo nos interesa su primer tramo, el que atraviesa los Prados del Rubio. La Asociación Serbal y sus colaboradores llevan años reforestando este paraje con encinas y otras especies autóctonas. Observamos con gran alegría cómo muchos de estos ejemplares ya han alcanzado un tamaño considerable, mientras que también hay plantones del año anterior.
Con estos últimos, más pequeños y rodeados de una malla protectora azul, nos detenemos a comprobar cuantos han salido adelante tras el último verano. Observando las supervivientes nos damos cuenta de que algunas protecciones están dobladas o deformadas (por el viento, el trasteo de algún animal, etc) , aplastando a las pequeñas encinas, por lo que nos entretenemos un buen rato en repasar una a una para dejarlas en la posición correcta.
Retomamos la pista forestal y llegamos a un amplio cortafuegos. Esta es una intersección importante, ya que según la actividad que he diseñado con el mapa del IGN el carril que se va hacia la izquierda (por mitad del cortafuegos) es por el que debemos asomar a la vuelta.
Seguimos de frente por la pista principal varios kilómetros más, en busca del arroyo que baja desde la misma fuente de Venta Luisa, que es la cabecera del río Barrancón. Un pequeño trecho antes de llegar al mismo abandonamos el carril para dejarnos caer hacia la izquierda a través de un jorro bajo los pinos.
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| Primer cortijo |
Los pinos desaparecen tras unos pocos pasos y entramos en terreno despejado donde no tarda en aparecer la primera construcción en piedra. Un espléndido cortijo típico de Filabres, levantado con piedra de la zona, vigas de madera y lajas en el techo.
Nos llaman la atención los pequeños ventanucos. Como llevamos muchos años investigando y explorando esta sierra, sabemos que en algunos de estos cortijos, si no se disponía de tinada aparte, metían el ganado en alguna de sus estancias.
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| Más construcciones |
Seguimos en descenso por un viejo camino, muy evidente por ahora, y siempre por el margen izquierdo del barranco. Vamos encontrando diversas tinadas para el ganado, encinas y más de un hermoso ejemplar de serbal de los cazadores.
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| Serbal de los cazadores |
El paso del tiempo es implacable y se ven numerosos tejados caídos aquí y allá pero otros, en cambio, se mantienen en pie como si estuvieran esperando a que regresen sus antiguos moradores.
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| Tejado caído |
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| Fantástico tejado de lajas |
Al mismo tiempo que vamos explorando las ruinas, me asalta un pensamiento que me acompaña siempre que, en mis andanzas por nuestras sierras, paso junto a cortijadas o aldeas abandonas. Un sentimiento que me aflora en esta sierra por encima del resto, quizás debido a la especial dureza de su entorno.
Me pongo en el lugar de los que vivieron aquí: imagino cómo bajaban a por el agua al arroyo, careaban las ovejas y cabras por los cerros, iban al tajo en las minas, cultivaban sus pequeños hortales o cocían el pan en sus propios hornos.
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| Tinada asomada al río del Barrancón |
Conforme vamos descendiendo por el barranco y encontrando más cortijos, también me imagino el día en el que, entre lágrimas, tuvieron que hacer las maletas para decir adiós para siempre a lo que había sido su mundo.
El cierre de las minas, las repoblaciones forestales que prohibían el pastoreo en casi toda la sierra o la falta de servicios, como el médico y la electricidad, fueron una losa demasiado pesada; tuvieron que bajarse a las ciudades cercanas o emprender un viaje más largo a tierras más prósperas de Cataluña y el Levante.
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| Construcción casi idéntica a la primera |
De repente, hay algo que me llama la atención y me saca de mis pensamientos. Nos encontramos con el espléndido cortijo de la foto de arriba y, repasando el archivo de la cámara, me asombro con el parecido que tiene comparado con el primero que vimos en lo alto del barranco.
La única diferencia es que este tiene dos puertas; una de ellas daría paso con casi toda seguridad a una estancia para los animales. Pondría la mano en el fuego a que en ambos dejó su huella el mismo maestro en piedra.
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| Más serbales |
Descubro, además, que este segundo cortijo tiene un magnífico horno adosado a una de sus paredes. Me queda muy claro que el pan que se llevaban estas gentes a la boca lo tenían que amasar y cocer ellos mismos.
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| El cortijo y su horno |
Seguimos bajando y nos topamos con varias eras en perfecto estado de conservación. Y es que la harina tampoco la compraban en ninguna tienda: primero sembraban el trigo en sus pedazos de secano y el grano resultante lo venteaban aquí para separarlo de la paja. Luego, lo llevaban a algún molino cercano que se movía con las aguas del río.
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| Magnífica era |
En esta parte central del barranco me sorprende la arquitectura y detalles de algún cortijo, que contrasta con la sobriedad de los demás.
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| Precioso detalle de una chimenea |
Junto a un balate que sujeta una terraza nos sentamos a picar algo para recuperar fuerzas.
Yo sigo con mis divagaciones. No entiendo cómo dejamos que todo este patrimonio de incalculable valor esté cayéndose poco a poco a pedazos, condenado a desaparecer dentro de no mucho. Aquí podría acusar a las administraciones, que son las principales responsables, pero nos meto a todos en el mismo saco. Quien olvida sus raíces, al final, acaba perdiendo el norte.
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| Acercándonos al río |
Pese a que el verano ha sido abrasador y no ha caído ni una mísera gota en lo que va de otoño, me alegra ver que el arroyo lleva varios brazos de caudal. Aquellos serranos no tenían un pelo de tontos y sabían que ni en años muy malos de lluvia faltaba el agua en este rincón. En el bosque de ribera destacan los chopos, que apenas se han enterado que ya andamos por Octubre.
Pero afinando la vista, entre varias terrazas pegadas al río, localizamos frutales que llevan plantados ahí desde hace no se sabe cuándo. Los pobres ya no recuerdan cuándo fue su última poda, pero aún siguen dando frutos dulces, como tengo la oportunidad de degustar. Mientras nosotros, en la comodidad de nuestros hogares, consumimos fruta cada vez más insulsa, estos, bien sabrosos, se los comen los jabalíes, mirlos, zorzales, currucas y el resto de fauna. Las cosas del progreso.
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| Volvemos a alejarnos del cauce |
Nos volvemos a elevar unos metros respecto del río y llegamos al último cortijo de esta parte del barranco. Como traigo los deberes hechos de casa se que a partir de aquí se va a complicar un poco el asunto.
El camino desaparece, pero por algún lado debe haber una vereda que siga el barranco; un kilómetro más abajo se encuentra la cortijada de Los Carreños, la más importante de por aquí, y por algún sitio debían de comunicarse con las cortijadas que acabo de visitar.
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| Inicio del tramo más complicado |
Miramos hacia abajo y se ven balates y terrazas. Bajamos a ver si hay suerte por allí, pero nos topamos con una maleza infranqueable de zarzas. Regresamos y descubro que, por arriba, se ve algún muro de mampostería que quizás sujete la senda. Subimos, pero por allí tampoco hay salida.
Harto de marear a mis dos compañeras, les digo que esperen a que vuelva de explorar «a mi manera» cómo negociar el tramo que nos queda hasta Los Carreños.
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| Mirada hacia atrás |
Me lanzo campo a través a media ladera, tomando como referencia las encinas. Cuando llego a una, localizo la siguiente, y así voy progresando; son encinas plantadas por aquellos serranos para alimentar a sus animales, y por eso se que voy bien.
Antes de darme la vuelta para dar el aviso, continúo un poco más para asegurar que hay buen paso, hasta que por fin encuentro un senderillo que se dirige ya sin pérdida hacia la aldea. Regreso con el resto del grupo y, repitiendo la jugada, nos plantamos sin problema alguno en la entrada de la cortijada.
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| Los Carreños |
Este es un grupo de casas más importante que los que veníamos explorando, en el que me llama la atención el impresionante porte que tienen las encinas que lo rodean. A la sombra de una de las más grandes nos paramos a comer, y de nuevo echo a volar la imaginación. ¿Quién las plantaría? ¿Hace cuántos años? ¿Sesteaban aquí sus ovejas?
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| Al fondo la otra cortijada de Los Carreños |
Antes de abandonar la cortijada me fijo en una inmensa roca con unos agujeros que parecen marcas de barrenos. ¿La usarían para arrancar lajas para construir los tejados y las sendas? ¿ó los orificios los usaban para sujetar algo? Quién sabe.
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| Agujeros en la roca |
Tras decir adiós a la aldea, enlazamos con un carril con aspecto de no tener mucho tránsito que, de forma cómoda, conecta con el cortafuegos citado al comienzo de la entrada.
Vamos remontando por el carril que va por su centro, cuando a lo lejos me llama la atención otra vieja cortijada con varias casas. Hago una consulta rápida en el GPS y veo que no tiene nombre. Como tengo cobertura, miro el IGN y misma respuesta. Por supuesto que lo tendrá, pero los mapas están plagados de nombres cambiados, rincones que «ya no existen» y un sinfín de erratas. Si alguien lee esta entrada y lo conoce, agradecería su aportación.
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| Cortijada sin nombre |
Sin entretenernos más alcanzamos el cruce cercano a los Prados del Rubio, donde tomamos la misma pista por la que vinimos por la mañana. Antes de llegar al coche, después de no haber visto a nadie durante todo el día, nos cruzamos con un numeroso grupo de gente que viene armando tanto jaleo que se les debe estar escuchando hasta en la Tetica de Bacares.
Nos paran y preguntan por un buen sitio para escuchar la berrea. Me contengo para no soltar una bordería, los mando que sigan la pista hasta que se cansen (de escuchar sus propios berridos), y muy satisfechos damos por finalizada esta caminata en una de las sierras más interesantes de nuestras Béticas.























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